Europa entre Escila y Caribdis

Beatrice E. Rangel

Por: Beatrice E. Rangel - 28/10/2026


Compartir:     Share in whatsapp

La violencia desplegada en las calles de Francia y, en menor medida, en otras naciones europeas ha desviado la atención de una amenaza menos visible, pero decisiva para el futuro del continente: la posibilidad de verse atrapado entre dos frentes adversos. Es el escenario que atormentó a Otto von Bismarck y que procuró evitar a lo largo de su vida pública. Así como el canciller recurrió a la diplomacia, las alianzas, la fuerza militar y el engaño para impedir que Prusia y, luego, el Imperio alemán tuvieran que combatir simultáneamente en dos frentes, Europa deberá movilizar sus recursos para evitar que dos presiones convergentes comprometan su estabilidad.

El primer frente es Rusia y los Estados que respaldan su política expansionista. La relación rusa con Europa ha oscilado durante siglos entre la aproximación y el antagonismo. Su memoria histórica está marcada por invasiones y ocupaciones procedentes de distintas direcciones. La dominación mongola y tártara, las guerras con Lituania y, más tarde, las invasiones napoleónica y nazi contribuyeron a forjar una percepción de vulnerabilidad que sigue pesando sobre su visión del mundo.

Vladímir Putin explota esa memoria para presentar a Rusia como una fortaleza sitiada y consolidar un régimen autocrático en el que gobierna como un monarca absoluto. La búsqueda de Estados tapón y el temor a un ataque de la OTAN forman parte de esa narrativa. Con ella ha procurado legitimar la invasión de Ucrania y descalificar la disidencia interna. La expansión de la OTAN, impulsada por sucesivas administraciones estadounidenses y defendida por Madeleine Albright, ofreció al Kremlin un argumento para alimentar esa sensación de cerco. A mi juicio, fue un error estratégico, aunque ello no justifica la agresión rusa ni elimina el derecho de los países europeos a decidir sus alianzas.

Hoy, la presión rusa trasciende el campo de batalla ucraniano y alcanza la vida cotidiana de los europeos. El espionaje, las operaciones de desinformación, los ciberataques y los intentos de influir en la política interna forman parte de una confrontación que también aprovecha el descontento provocado por el deterioro de los servicios públicos y las tensiones del Estado de bienestar. La guerra híbrida permite a Moscú debilitar la cohesión europea sin recurrir a una confrontación militar directa con la OTAN.

El segundo frente se abre al otro lado del Atlántico. Estados Unidos, sostén fundamental de la seguridad europea durante décadas, atraviesa una revisión profunda de su papel en el mundo. Una corriente influyente de su política reclama concentrar los recursos dentro de sus fronteras y condicionar los compromisos internacionales a beneficios concretos para el país. Bajo esa lógica, la asistencia debe traducirse en una ganancia diplomática, política o económica; Europa debe asumir una proporción mayor de su propia defensa, y el acercamiento a Rusia deja de ser una opción impensable. Para los europeos, el problema es la incertidumbre sobre la continuidad y el alcance del respaldo estadounidense.

Europa corre así el riesgo de quedar atrapada entre la hostilidad rusa y un vínculo transatlántico cada vez más condicionado. No se trata de dos amenazas equivalentes, pero su coincidencia puede someter al continente a una presión para la que sus instituciones no están suficientemente preparadas. Si esa presión profundiza la fragmentación política y la parálisis económica, podría fortalecer los nacionalismos y erosionar la democracia liberal. La historia europea ofrece suficientes advertencias sobre los costos de esa combinación. Evitarla exige reestructurar las economías del continente, aumentar su complementariedad y traducir la integración en una prosperidad que los ciudadanos puedan reconocer en su vida cotidiana.

La renovación de las bases económicas y políticas del Estado de bienestar exige construir la nueva economía en cooperación con Estados Unidos. Uno de los puntos de partida podría ser el Ártico. Allí convergen intereses vinculados con la seguridad, el suministro de minerales críticos, la energía y el desarrollo de rutas marítimas que podrían facilitar el comercio con Asia. También confluyen las ambiciones de China, Rusia, Europa y Estados Unidos. El acuerdo sobre Groenlandia ofrece un punto de apoyo para ampliar esa cooperación, siempre con respeto por sus habitantes y sus instituciones. Pero convertir esa oportunidad en una estrategia exige que la dirigencia europea deje de mirar hacia adentro y vuelva la vista hacia la otra orilla del Atlántico con una voluntad concreta de cooperación e integración.


«Las opiniones aquí publicadas son responsabilidad absoluta de su autor».