
Por: Beatrice E. Rangel - 23/09/2026
Acaba de comenzar el 81.º período de sesiones de la Organización de las Naciones Unidas bajo el lema «Restaurar la confianza, gestionar la transformación: unas Naciones Unidas que cumplen para todos». El templo del multilateralismo parece reconocer que sus días de gloria han quedado atrás. Su futuro, sin embargo, no está escrito: dependerá de su capacidad para responder a las crisis que hoy ponen en duda su eficacia.
Los discursos inaugurales ofrecieron pocos motivos para el optimismo. El secretario general hizo un recuento de los males que aquejan al mundo. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, recurrió a un lenguaje amenazante al referirse a Irán. El presidente de Brasil enumeró las deficiencias de la organización, pero apenas esbozó soluciones. Más que un debate sobre cómo reformar las Naciones Unidas, las intervenciones parecieron un diálogo de sordos. Vale la pena examinar los factores que han llevado a la organización a este estado de postración.
El primero es el crecimiento de su membresía. La ONU nació con 51 Estados miembros; hoy cuenta con 193. La descolonización de África y, más tarde, la disolución de la Unión Soviética ampliaron considerablemente su alcance. Sin embargo, su estructura no siempre se adaptó a esa expansión. La coordinación de tantos países, intereses y agencias dificulta la toma de decisiones y la ejecución de sus mandatos.
Algunas entidades especializadas han logrado resultados notables precisamente porque cuentan con funciones bien definidas. La Unión Internacional de Telecomunicaciones ha contribuido a armonizar normas esenciales para las comunicaciones. La Organización Mundial de la Propiedad Intelectual ha impulsado la protección internacional de la innovación, y el Organismo Internacional de Energía Atómica desempeña un papel crucial en la supervisión nuclear. Sus logros muestran que la cooperación multilateral todavía puede dar frutos cuando los objetivos son concretos y los mecanismos de trabajo, eficaces.
Un segundo factor es la dificultad de hacer cumplir las decisiones de la organización. La ONU depende de la voluntad de sus miembros para actuar. La invasión rusa de Ucrania ilustra los límites de ese sistema: Rusia, miembro permanente del Consejo de Seguridad, puede vetar las resoluciones sustantivas que considere contrarias a sus intereses. Así, el órgano encargado de preservar la paz queda paralizado ante una guerra que afecta directamente al orden internacional.
Cuando las violaciones graves no reciben una respuesta eficaz, otros actores pueden interpretar la inacción como una señal de permisividad. La piratería en el Cuerno de África y en el golfo de Guinea también ha puesto de manifiesto las dificultades de coordinar respuestas internacionales sostenidas frente a amenazas que desbordan las fronteras nacionales y afectan al comercio marítimo.
A ello se suma la crisis del Estado nación como principal regulador de la actividad política y económica. La globalización permitió a las empresas distribuir producción, ganancias y obligaciones fiscales entre distintos países. La innovación y las telecomunicaciones aceleraron esa dispersión. Como resultado, las normas nacionales y los mecanismos tradicionales de cooperación internacional a menudo avanzan más despacio que las actividades que buscan regular.
Estos problemas no anuncian necesariamente la desaparición de las Naciones Unidas, pero sí exigen una reforma profunda. La organización que se reúne hoy en Nueva York deberá encontrar maneras de tomar decisiones, coordinar sus agencias y responder a las crisis con mayor eficacia. De ello dependerá que llegue a su centenario con algo más que una larga historia que contar.
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