Guillermo Lousteau: in memoriam

César Vidal

Por: César Vidal - 03/07/2026


Compartir:     Share in whatsapp

Estaba trabajando en mi despacho de Washington cuando me llegó urgente, más que nunca, una llamada de mi hija. La comunicación no pudo resultarme más dolorosa. Acababa de fallecer Guillermo Lousteau. En los minutos siguientes, la noticia me vino confirmada por otros dos argentinos – uno de ellos Mariano Caucino – que se habían enterado de todo de manera inmediata. Tuve que detenerme en lo que estaba haciendo en esos momentos y, de repente, una auténtica catarata de recuerdos, de imágenes, de vivencias me vino a la mente. No voy a glosar aquí la enorme altura intelectual de Guillermo Lousteau, los libros que dejó escritos o su paso por los medios. No voy a hacerlo por dos razones. La primera que son datos de los que dispone cualquiera y la segunda que para mi no fue lo más importante. Yo recuerdo por encima de todo a Guillermo Lousteau como a un grande, grandísimo amigo.

Antes de iniciarse mi exilio en Estados Unidos no había tenido oportunidad de conocer a Guillermo Lousteau. A él le avisó de mi presencia esa economista liberal española que responde al nombre de María Blanco. En los años anteriores, había trabajado como experta en economía en mis programas de radio y en aquel entonces – hace casi catorce años – avisó a Guillermo de que “César Vidal se ha marchado a Miami”. La respuesta de Guillermo fue, en realidad, una pregunta: “¿Qué César Vidal? ¿EL César Vidal?”. A lo que María Blanco respondió: “Sí, EL César Vidal”.

Mi llegada a Miami no fue fácil. Por apenas unas horas había conseguido escaparme de un atentado con bomba que hubiera acabado con mi vida y en Estados Unidos aterricé prácticamente con lo puesto. La única persona que me brindó su ayuda de manera desinteresada y sin yo pedirlo fue Guillermo. Entendámonos. Yo en Miami conocía a bastante gente. A no pocos incluso les había hecho favores en España cuando andaban a la busca de conseguir cosas tan curiosas como encontrar un editor para sus libros. Pero de aquellos conocidos no pedí nada y adelanto que recibí nada. Algunos parecieron ser tragados por la tierra. Otros miraron para otro lado. No faltaron incluso los que intentaron evitar que apareciera en los medios locales quizá pensando que podía ser competencia suya. Y, sí, sí, tampoco faltaron los que abusaron de mi confianza y me robaron incluso. Como yo comenzaba no de cero sino de bajo cero, ya puede imaginarse el lector que no fueron inicios fáciles. La única excepción fue Guillermo. Éxito es verdad que no tuvo. No logró encontrar un editor para mis libros en Argentina y tampoco dio con nada que pudiera ayudar a mi maltrecha economía en Estados Unidos, pero lo intentó y lo intentó además sin conocerme de nada con anterioridad.

Comprenderá el lector que pronto trabáramos amistad. Fue así fundamentalmente porque Guillermo y yo compartíamos puntos de vista que no eran muy comunes. Por ejemplo, ninguno de los dos manteníamos una visión política partidista ni soñábamos con desempeñar un papel en la política de nuestro país original. Él, seguramente, porque ya lo había tenido y yo porque no pensaba que fuera realista regresar a un lugar donde habían intentado matarme y donde me constaba que tenía enemigos encarnizados a ambos lados del arco parlamentario. Precisamente por eso, ambos veíamos con mucha distancia las previsiones de futuro que realizaban otros exiliados. Simplemente, nos parecían carentes de la más mínima base y más cerca del wishful thinking que de un análisis frío y sólido de la realidad. A esa visión nos ayudaba, sobre todo, que sabíamos que Miami era un microclima – la expresión es de Guillermo – donde se ven las cosas de una manera muy distinta a como son realmente y, en especial, a como se contemplan desde Washington. Coincidir en la disidencia suele unir mucho.

En nuestras largas horas de conversación, rechazábamos infinidad de previsiones que se enarbolaban con entusiasmo y que nosotros veíamos sin base. El tiempo nos daría la razón una y otra vez.

Pero lo político – gracias a Guillermo conocí el Instituto – sólo formaba una parte de nuestras conversaciones. Una tarde a la semana, yo preparaba un té especial, Guillermo compraba unos pasteles y dedicábamos dos o tres horas a charlar de cine en mi casa. Guillermo era un extraordinario cinéfilo y se sabía de memoria escenas enteras de películas como, por ejemplo, de Ronald Colman en El prisionero de Zenda. Como a los dos el cine que nos gustaba era el clásico al final acabábamos hablando de todo lo divino y lo humano.

Por supuesto, no siempre coincidíamos o estábamos de acuerdo. Por ejemplo, Guillermo estaba convencido de que yo era un alma muy antigua que había reencarnado en multitud de ocasiones y que en una vida anterior había sido, por ejemplo, un médico del Antiguo Egipto. Yo – que no creo en la reencarnación – disentía amablemente de su punto de vista. Con todo, las horas que pasamos charlando, analizando, contrastando opiniones fueron, sin duda, de las mejores que he pasado en este país.

Como en esta vida todo tiene un final, un día me comentó que regresaba a Argentina. Lo hacía sobre todo impulsado por su esposa que deseaba estar cerca de la familia. Lo sentí profundamente porque se marchaba mi mejor amigo además del más culto, el más elegante, el más inteligente, el más acertado y, sobre todo, el más ameno. Quizá en eso influía el que, a fin de cuentas, yo puedo tener pasaporte americano, pero sigo siendo europeo y ya se sabe que de los argentinos se dice que son casi europeos.

Hacía tiempo que no hablábamos porque la distancia tiene, entre otros tributos, ese. Sin embargo, siempre preguntaba por él cuando me cruzaba con algún amigo común como mi muy apreciado Mariano Caucino. La noticia de su muerte me provocó una punzada de dolor seguida de un manantial de recuerdos en que flotaban la gratitud y el humor, la agudeza y la erudición, la simpatía y la elegancia. Sinceramente, no creo que nos vayamos a encontrar en otra reencarnación, pero sí espero volver a verlo al otro lado del umbral de la muerte. Hasta entonces, de todo corazón, deseo que descanse en paz.


«Las opiniones aquí publicadas son responsabilidad absoluta de su autor».