POR QUÉ MORALES SÍ, POR QUÉ MADURO NO

POR QUÉ MORALES SÍ, POR QUÉ MADURO NO

La caída de Evo Morales ha sido recibida con entusiasmo o desolación según los barrios.  Los que llevan años esperando que en Bolivia exista algo lejanamente parecido a un sistema democrático se encuentran entre los primeros; los partidarios del socialismo del siglo XXI entre los segundos. De la caída de Evo Morales pueden extraerse varias conclusiones. La primera es que la colaboración de la dictadura cubana es importante para este tipo de regímenes en áreas como la represión o las tareas de inteligencia, pero, ni lejanamente, resulta decisiva. Los agentes cubanos son dañinos, pero no son infalibles, seguro, ni garantes, a fin de cuentas, de nada.  Bolivia es un ejemplo clamoroso. La segunda es que la permanencia de una u otra dictadura arranca de circunstancias fundamentalmente nacionales. Al final, el correlato de fuerzas en el interior de la nación pesa mucho más que la llegada de espías, asesores o torturadores. La tercera es que la clave de esa permanencia está estrechamente vinculada con el control del ejército y de las fuerzas policiales. La elección de Guaidó tuvo como consecuencia directa su reconocimiento por varias docenas de naciones, pero mientras con una mano se estrechaba la diestra del embajador de Guaidó, con la otra, se pagaban las concesiones a Maduro. A diferencia de unas fuerzas armadas nada dispuestas a sostener a Morales y, por lo tanto, determinantes en su final. Maduro cuenta con otras que lo mantienen en el poder porque son pagadas y lo son en medio de un devastador panorama económico.  Y es que esa circunstancia explica sobradamente por qué  Morales sí y por qué Maduro, no.

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POR QUÉ MORALES SÍ, POR QUÉ MADURO NO

César Vidal

La caída de Evo Morales ha sido recibida con entusiasmo o desolación según los barrios.  Los que llevan años esperando que en Bolivia exista algo lejanamente parecido a un sistema democrático se encuentran entre los primeros; los partidarios del socialismo del siglo XXI entre los segundos.  La pregunta que ha surgido de manera inmediata es si es posible que semejante desenlace se replique en Venezuela – o incluso en Cuba.

Si se cree que la situación de Bolivia es una réplica de la de Venezuela y que ésta a su vez es una fotografía de la de Cuba así debería ser.  Para los que pensamos que, a pesar de sus coincidencias y alianzas, se trata en cada caso de fenómenos diferentes, esa esperanza resulta trágicamente vana.  En otras palabras, el que se cure el primo Juan de un cáncer de pulmón no indica necesariamente que vaya a haber cura para el cáncer de hígado de la tía Gertrudis.

En primer lugar, debo decir que de la caída de Evo Morales pueden extraerse varias conclusiones.

La primera es que la colaboración de la dictadura cubana es importante para este tipo de regímenes en áreas como la represión o las tareas de inteligencia, pero, ni lejanamente, resulta decisiva.  Sobre Evo Morales se hicieron circular ríos de tinta en las últimas semanas en relación con el importante agente cubano que dirigía sus aparatos de control social.  El agente debía estar allí.  Aceptemos que también era un personaje de maléfica experiencia.  Sin embargo, hemos de reconocer que, en absoluto, ha garantizado la permanencia de Evo Morales en el poder.  Los agentes cubanos son dañinos, pero no son infalibles, seguros, ni garantes, a fin de cuentas, de nada.  Bolivia es un ejemplo clamoroso.

La segunda es que la permanencia de una u otra dictadura arranca de circunstancias fundamentalmente nacionales.  Es cierto que Cuba, Venezuela o cualquier otro tercero pueden ayudar a la perdurabilidad de un régimen u otro, pero ni de lejos son decisivos.  Al final, el correlato de fuerzas en el interior de la nación pesa mucho más que la llegada de espías, asesores o torturadores.

La tercera es que la clave de esa permanencia está estrechamente vinculada con el control del ejército y de las fuerzas policiales.  Evo Morales carecía de ese control y le ha costado su caída y quien sabe si un proceso más que merecido.  Raúl Castro lo tiene y nada parece que vaya a desalojarlo del poder despótico de La Habana.  El caso de Maduro es el mismo, pero ha podido acercarse más a Morales que a Castro.  Y ahora si podemos entrar en responder a la cuestión planteada desde un principio.

Cuando hace unos meses, Guaidó se convirtió en presidente de Venezuela el que escribe estas líneas anunció en distintos medios su futuro fracaso.  No se trataba sólo de que perteneciera a la internacional socialista, de que hubiera elogiado a Hugo Chávez en su óbito o de que estuviera iniciado en la masonería.  Todo eso no apuntaba bien, pero podría haber sido enmendado.  La razón fundamental por la que, para contrariedad de muchos, anuncié que fracasaría fue su falta de control de las fuerzas armadas, una falta de control propiciada, como veremos, desde el exterior.

Sin duda, Bolton iba bien encaminado cuando intentó que un sector del ejército se pasara a Guaidó, pero cometió el error fatal de no captar que semejante paso era imposible mientras Maduro pudiera pagar a sus fuerzas represivas.  Aquí ha estado la clave de su más que previsible permanencia en el poder.  La gente que todavía no se ha enterado de que hace más de tres décadas que cayó el muro de Berlín y de que las circunstancias de la guerra fría se disolvieron en humo antes de comenzar el presente siglo se han empeñado en analizar el drama venezolano como si aún estuviera en pie la Unión soviética.

Pocas cosas más lejos de la realidad.  Moscú no sostiene a Maduro porque no puede y porque lo aborrece – la humillación de recibirlo por la puerta trasera se acerca a la crueldad – aunque, desde luego, lleva mucho tiempo sintiendo la urgencia de cobrar pasados préstamos que, por ejemplo, si se abonan con regularidad a China.  En realidad, Maduro es sostenido sustancialmente por las democracias.  Permítanme que me detenga en este aspecto que, a mi juicio, es esencial.

La elección de Guaidó tuvo como consecuencia directa su reconocimiento por varias docenas de naciones.  En aquel entonces, quien ahora escribe estas líneas insistió en señalar que, más allá del factor moral, semejante paso, en términos prácticos, no significaba nada y que no significaba nada porque esas mismas naciones en la mayoría de los casos formaban parte de las cuarenta aproximadamente que disfrutan concesiones de materias primas en Venezuela.  En otras palabras, mientras con una mano se estrechaba la diestra del embajador de Guaidó, con la otra, se pagaban las concesiones a Maduro.

Hagamos un poco de Historia.  Cuando el presidente Obama pactó con el rey de Arabia Saudita la superproducción de petróleo y la subsecuente bajada del precio del crudo, asestó un golpe mortal a la economía venezolana – menor a las de Rusia, Argentina o México – ya que más del noventa por ciento de sus exportaciones estaban limitadas a ese campo.  Si ese golpe lo hubiera recibido una nación con dirigentes competentes y honrados no hubiera dejado de ser severo.  Teniendo en cuenta la calidad profesional y moral de los chavistas fue gravísimo.  La reacción de Maduro – totalmente lógica – fue abrir a la inversión extranjera concesiones variadas de carácter mineral que pudieran compensar el desplome del precio del crudo.

Al llamamiento de Maduro, acudieron no sólo China, Rusia o Irán sino cerca de cuarenta naciones en su inmensa mayoría democráticas.  El recurso permitió que Maduro sobreviviera, pero también colocaba su futuro en manos de las democracias a condición, claro está, de que éstas ansiaran el regreso de la libertad a Venezuela.  Pero no parece que más allá de las palabras fuera realmente así.  A la vez que aceptaban al embajador de Guaidó, esas democracias – incluido Estados Unidos – mantuvieron sus concesiones en Venezuela pagando puntualmente a Maduro.

Hace apenas unos días, la administración Trump – que se ha mostrado enérgica contra La Habana y Caracas – ha renovado, por ejemplo, a multinacionales norteamericanas como Chevron la capacidad de negociar con Venezuela sin sufrir sanciones.  Se puede discutir si esa política es la más adecuada o no y hay argumentos dignos de escucharse en una y otra dirección.  Sin embargo, lo que no admite discusión alguna es que son justamente esos fondos los que mantienen a Maduro en el poder y los que marcan la diferencia esencial entre su destino y el de Evo Morales.

A diferencia de unas fuerzas armadas nada dispuestas a sostener a Morales y, por lo tanto, determinantes en su final, Maduro cuenta con otras que lo mantienen en el poder porque son pagadas y lo son en medio de un devastador panorama económico.  Sin embargo, lamentablemente, se suele pasar por alto que ese pago, en un porcentaje alarmante, viene de compañías procedentes de naciones democráticas.  Por eso, me sentí pesimista sobre el éxito de Guaidó desde el principio y por eso mismo lo sigo siendo a día de hoy.  Y es que esa circunstancia explica sobradamente por qué  Morales sí y por qué Maduro, no.

“Las opiniones aqui publicadas son responsabilidad absoluta de su autor”

César Vidal es Doctor en Historia – premio extraordinario de fin de carrera – Doctor en Derecho – cum laude – Doctor en Filosofía y Doctor en Teología.  Ha sido galardonado por distintas organizaciones por su defensa de los derechos humanos.  Su obra literaria – que cuenta con más de un centenar de libros publicados y ha sido traducida a media docena de lenguas – ha recibido más de una docena de premios de biografía, ensayo y novela.  Colaborador en distintos medios de comunicación en Europa y América, en la actualidad, su programa de radio La Voz es escuchado diariamente por seiscientas mil personas y cuenta con más de un millón doscientas mil descargas mensuales en las redes sociales.

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