Las razones de una diferencia (3): Educación

Las razones de una diferencia (3): Educación

Durante un período que superó un milenio de duración quedó claro que, al igual que en el paganismo, en el seno del cristianismo, se podía ser piadoso y, a la vez, analfabeto. El saber leer y escribir no era condición para conocer el camino de la salvación y, dicho sea de paso, tampoco para otras tareas como la guerra o el campo. Esa visión saltó convertida en añicos con la Reforma protestante del siglo XVI. El avance del liberalismo abrió camino a unas metas educativas más ambiciosas a uno y otro lado del Atlántico, pero, siempre, chocaron con una iglesia católica que no deseaba perder el control sobre una educación que veía como un instrumento indispensable de control social y de dominio sobre las élites. Animo al lector a que examine las fechas de las leyes educativas de las naciones hispanoamericanas para que vea que no se aprobaron hasta bien avanzado el siglo XIX o incluso el XX.  A día de hoy, las cifras de analfabetismo en Hispanoamérica son inquietantes y con pocas excepciones a la línea general. 

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Las razones de una diferencia (3): Educación

César Vidal

En las dos entregas anteriores, he mostrado cómo la raíz de las diferencias que España e Hispanoamérica tienen con otras naciones arranca de una visión del trabajo o del mundo de las finanzas que procede de la Edad Media y que no se vio afectada por la Reforma del s. XVI.   Desde luego, no terminan ahí nuestras diferencias. Otra –y de las más fundamentales– se halla en el terreno educativo.

La Biblia señala que cuando Moisés se despidió de su sucesor, Josué, le encargó lo siguiente: “Nunca se apartará de tu boca este libro de la Torah, sino que, de día y de noche, meditarás en él, para que guardes y te comportes de acuerdo con todo lo que está escrito en él, porque de esa manera prosperará tu camino y que todo te saldrá bien” (Josué 1: 8).  Pocas veces un consejo habrá alterado la marcha de la Historia de una manera tan espectacular ya que la conducta y la práctica religiosas no iban a estar vinculadas en el futuro tanto al rito –aunque existiera– como a la lectura de un texto sagrado que se abría no a una casta sacerdotal sino al conjunto del pueblo.  Como señalaba también el capítulo 6 de Deuteronomio, los padres debían poder explicar a sus hijos los mandatos contenidos en la Torah.  Esta circunstancia tuvo una consecuencia inmediata para los miembros del pueblo de Israel como fue la creación de una cultura que necesitaba desesperadamente la alfabetización para creer.  El proceso de alfabetización era tan obvio, por ejemplo, en la época de Jesús que a nadie le sorprendía que el hijo de un carpintero o de un pescador supiera leer, escribir y discutir sobre lo leído. Semejante circunstancia dotó de una extraordinaria capacidad de supervivencia a los judíos, que incluso antes de la destrucción del Templo de Jerusalén en el 70 d. de C., habían depositado la guía espiritual de la nación no en los sacerdotes sino en los sabios.

Por supuesto, semejante conducta también tuvo efectos colaterales negativos. Por ejemplo, conocedores de lo que establecía la Torah, los judíos mantuvieron unas normas de higiene y limpieza durante la Edad Media que los libraron de no pocas enfermedades y padecimientos… sólo para que la gente de su entorno los acusara de haber causado mediante la hechicería las epidemias y por eso verse libres de su efecto.  Con todo, para los judíos –que seguían lo señalado en la Torah– el pertenecer a una religión del libro tuvo, entre otras consecuencias benéficas, la de una mayor alfabetización que la que pudiera darse en otras culturas.

Religión del libro surgida del seno del judaísmo, el cristianismo debería haber seguido la senda marcada por aquel en lo que a alfabetización se refiere. Así, fue en el s. I cuando Pablo, despidiéndose de Timoteo, le indicó que “desde la niñez conoces las Sagradas Escrituras las cuales pueden hacerte sabio para la salvación por la fe en Cristo Jesús” (2 Timoteo 3: 15). El panorama cambió de manera radical en el siglo IV. Al respecto, el testimonio de J. H. Newman, cardenal católico procedente del anglicanismo, no puede ser más claro:

En el curso del siglo cuarto dos movimientos o desarrollos se extendieron por la faz de la cristiandad, con una rapidez característica de la Iglesia: uno ascético, el otro, ritual o ceremonial. Se nos dice de varias maneras en Eusebio (V. Const III, 1, IV, 23, &c), que Constantino, a fin de recomendar la nueva religión a los paganos, transfirió a la misma los ornamentos externos a los que aquellos habían estado acostumbrados por su parte. No es necesario entrar en un tema con el que la diligencia de los escritores protestantes nos ha familiarizado a la mayoría de nosotros. El uso de templos, especialmente los dedicados a casos concretos, y adornados en ocasiones con ramas de árboles; el incienso, las lámparas y velas; las ofrendas votivas al curarse de una enfermedad; el agua bendita; los asilos; los días y épocas sagrados; el uso de calendarios, las procesiones, las bendiciones de los campos; las vestiduras sacerdotales, la tonsura, el anillo matrimonial, el volverse hacia Oriente, las imágenes en una fecha posterior, quizás el canto eclesiástico, y el Kirie Eleison son todos de origen pagano y santificados por su adopción en la Iglesia (An Essay on the Development of Christian Doctrine, Londres, 1890, p. 373).

A partir de Constantino, el cristianismo fue cambiando el énfasis en el Libro por una visión ceremonial y sacerdotal, en buena medida procedente del paganismo y que se fue desarrollando todavía más durante la Edad Media.  Durante un período que superó un milenio de duración – no es poco – quedó claro que, al igual que en el paganismo, en el seno del cristianismo, se podía ser piadoso –incluso un santo que llegaba a los altates – y, a la vez, analfabeto. El saber leer y escribir no era condición para conocer el camino de la salvación y, dicho sea de paso, tampoco para otras tareas como la guerra o el campo. Esa visión saltó convertida en añicos con la Reforma protestante del siglo XVI.

Para todos los reformadores, la única regla de fe y conducta era la Biblia, un libro al que todos debían tener acceso para poder examinarlo con libertad y sin las ataduras de una jerarquía porque, al ser la Palabra de Dios, se explicaba por sí mismo. Resulta curioso observar la manera machacona en que algunos persisten en considerar el libre examen de la Biblia como una conducta malvada. En realidad, no pasaba de ser la afirmación de un derecho fundamental, el de acercarse al texto sagrado y poderlo leer en la propia lengua y no en un latín que era desconocido para la mayoría. Por otro lado – y volviendo con ello a una línea ya existente en el judaísmo – el pastor en el protestantismo dejó de ser un sacerdote para convertirse en el sabio que conoce las Escrituras al igual que sucedía desde hacía siglos con los rabinos.

Se podía –y se puede– ser un fiel católico sin saber leer ni escribir. Esa circunstancia es imposible para el judaísmo y también para el protestantismo. ¿Cómo se puede acercar nadie a un texto que procede de Dios por definición si no se sabe leer ni escribir? Las consecuencias de esa circunstancia fueron extraordinarias siquiera porque la Reforma deseaba sobrevivir y además expandirse y ninguna de esas metas era alcanzable sin extender la alfabetización.  Así, en 21 de mayo de 1536 se estableció la primera escuela pública y obligatoria de la Historia. El lugar era – ¿podía haber sido de otra manera? una ciudad protestante: Ginebra. No fue una excepción. La Primera confesión escocesa de 1547 – cuya finalidad era, obviamente, teológica – establecía una reforma de la educación exigiendo que en los medios rurales se enseñara a los niños en escuelas adjuntas a las iglesias; en las ciudades con superintendentes se abrieran escuelas y universidades con un personal debidamente pagado. Se trataba del inicio, pero iba a crear en pocos años diferencias abismales entre unas naciones y otras. Dejaré para una próxima entrega el impacto que esa diferencia crearía en el ámbito de la investigación científica, pero en el de la educación fue abrumador.

Las naciones donde había triunfado la Reforma multiplicaron los esfuerzos por educar no sólo a élites –como la Compañía de Jesús– o a niños vagabundos –como pretendió con más corazón que éxito José de Calasanz – sino a toda la población sin excepciones.  A finales del siglo XVI, el índice de alfabetización de la Europa protestante era muy superior al de la católica, sin excluir una España en la que Felipe II había decretado, por ejemplo, que los estudiantes no cursaran estudios en universidades extranjeras por miedo a la contaminación de la herejía o una Francia en la que la población hugonote estaba mucho más alfabetizada que la católica. En el caso de algunas confesiones, el avance educativo resultó verdaderamente espectacular. Por ejemplo, a mediados del siglo XVII, los cuáqueros disfrutaban de un índice de alfabetización del cien por cien lo que explica no poco sus avances en las décadas siguientes en áreas como la banca, el comercio o la ciencia, tres áreas de las que, no por casualidad, España se iba a descolgar lamentablemente.  Por cierto, esos cuáqueros no se establecieron al sur del río Grande sino al norte donde crearon el actual estado de Pennsylvania – llamado así por William Penn, uno de sus miembros – y fundaron la ciudad de Filadelfia.

Los datos son demoledores.  Cuando los peregrinos del Mayflower llegaron a las costas de lo que ahora conocemos como Estados Unidos el ochenta por cien de los hombres sabía leer y escribir y en el caso de las mujeres, la cifra rozaba el setenta.  ¿Qué sucedía al sur, en las Indias españolas?.  Cuando en el siglo XIX, esa parte del mundo accedió a la independencia apenas el diez por ciento de su población sabía leer y escribir.  Incluso entre los emancipadores no faltaron analfabetos como no habían estado ausentes entre los conquistadores.  La cifra era pavorosa, pero no se debía a un deseo de los españoles de mantener en la ignorancia a su imperio colonial.  A decir verdad, en 1808, el noventa por ciento de la población española era analfabeta y no sorprende que seis años después gritara “¡Viva las caenas!” aplaudiendo el retorno de la monarquía absoluta. ¿Podía, a decir verdad, haberse comportado de otra manera un pueblo ciertamente heroico, pero mayoritariamente analfabeto?

El avance del liberalismo abrió camino a unas metas educativas más ambiciosas a uno y otro lado del Atlántico, pero, siempre, chocaron con una iglesia católica que no deseaba perder el control sobre una educación que veía como un instrumento indispensable de control social y de dominio sobre las élites.  En el caso español, la primera ley educativa impulsada por el liberal Moyano en 1857 chocó contra los obispos que afirmaban que la educación obligatoria implicaba negar la libertad a los padres y que incluso presionaron a éstos alegando que si los hijos iban a la escuela mal podrían ayudarlos en el campo o la tienda.  Esa visión episcopal, sectaria y dañina socialmente, de la educación sería luego retomada por la izquierda hispana a uno y otro lado del Atlántico y explica su malogramiento en naciones como Cuba con unas cifras más que notables de la expansión del sistema educativo lastrado, sin embargo, por una carga ideológica absolutamente anti-educativa.

El fenómeno es global en la cultura hispana y explica muchas circunstancias.  Quien ahora escribe estas líneas puede dar fe de cómo, a la muerte de Franco, existía todavía en España más de un millón de analfabetos; la enseñanza de cierta calidad había quedado circunscrita a los colegios católicos; y era más que común encontrarse a personas que, al recibir un folleto, decían con una mezcla de pesar y vergüenza:  “hijo, no sé leer”.  Personalmente, en la cercanía de la década de los ochenta, enseñé a leer y a escribir a adultos de edad avanzada.  ¡¡¡Y estamos hablando de una nación de Europa occidental, que había experimentado un extraordinario desarrollo económico en los años sesenta y que aspiraba a entrar en el Mercado común!!!

Animo al lector a que examine las fechas de las leyes educativas de las naciones hispanoamericanas para que vea que no se aprobaron – y entonces con escaso éxito – hasta bien avanzado el siglo XIX o incluso el XX.  A día de hoy, las cifras de analfabetismo en Hispanoamérica – aunque se han producido algunos avances en los últimos años – son inquietantes y con pocas excepciones a la línea general.   En contraste, un pequeño país como Finlandia sigue estando a la cabeza de la educación mundial y distintos estudios apuntan a que la clave es que se trata de una nación que, desde muy pronto, asumió la visión educativa surgida de la Reforma del siglo XVI.  No es fácil, desde luego, colocarse a la alturas de naciones que han precedido en ciertos caminos a otras no por décadas sino por siglos.  Pero no se trata sólo de las finanzas, del trabajo o de la educación.

CONTINUARÁ

“Las opiniones aquí publicadas son responsabilidad absoluta de su autor”

César Vidal

César Vidal Manzanares es un abogado, periodista y escritor español, autor de numerosas obras de divulgación de diversa índole, artículos, ensayos y novelas históricas.

 

 

 

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