Las razones de una diferencia (1): El trabajo

Las razones de una diferencia (1): El trabajo

Carlos III señalaba que ningún trabajo honrado era deshonroso. El intento del monarca ilustrado era excelente, pero chocaba con una mentalidad arraigada a lo largo de siglos. No es que los españoles fueran vagos pero no creían que el trabajo tuviera el mismo valor que le dan aquellos que nacieron y crecieron en naciones donde triunfó la Reforma protestante.  De sus hermanos hispanoamericanos podría decirse lo mismo. Esa mentalidad sigue más que presente a día de hoy. En otras palabras, quizá el bosquimano que, por primera vez, utilizó un encendedor pueda ser considerado por sus congéneres como un avanzado, pero, en relación con Occidente, es dudoso que se le pueda calificar de esa manera. Los pobres nórdicos no aciertan, por lo visto, a darse cuenta de que, a diferencia de ellos, España y su imperio americano nunca asimilaron lo que Weber denominó la “ética protestante del trabajo”. En eso, España e Hispanoamérica fueron y siguen siendo diferentes.

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Las razones de una diferencia (1): El trabajo

César Vidal

La Historia del mundo hispano, a ambos lados del Atlántico, constituye una de las pasiones del autor de estas líneas desde hace décadas.  A ello le ha atraído no sólo su lugar de nacimiento, lo variopinto y sugestivo de las experiencias o el gusto por la Historia.  A decir verdad, tanto o más que esas razones ha pesado el deseo de comprender y de comprender además cuestiones como las de las diferencias innegables entre España y las naciones del norte de Europa o de Hispanoamérica en relación con el norte del continente anglosajón y protestante.  Que las diferencias existen resulta innegable.  Igual que antaño la gente huía de la Alemania comunista rumbo a la capitalista y democrática, hoy el muro se coloca al sur de Estados Unidos – y no al norte de México – precisamente porque la gente huye del sur y del centro del continente hacia el norte y no viceversa.

La explicación de esos destinos tan diferentes – con los matices regionales que se deseen – han sido objeto de diversas explicaciones.  Una, por supuesto, es la racial.  Según la misma, una España rezumante de sangre africana y semita difícilmente podría competir con la Europa nórdica de la misma manera que el trozo del continente donde confluyeron las sangres hispánicas – española y portuguesa – negra e india difícilmente podría competir con un norte europeo y nórdico al menos de manera mayoritaria.  Personalmente, no creo que el factor raza sea tan relevante y creo que, en realidad, la respuesta hay que buscarla en la diferencia de culturas en las distintas partes del mundo y en la cosmovisión que emana de esas culturas.  Es esa diferencia de trasfondo cultural el que explica – así intentaré mostrarlo en las próximas semanas – el arraigo de determinados sistemas políticos y económicos en determinadas naciones (Estados Unidos, por ejemplo) y su fracaso en otras (Iberoamérica).

La diferencia de España – e Hispanoamérica – con otras naciones constituye uno de los temas más manidos de la Historia y la ensayística. Por razones generalmente interesadas, se ha insistido en que España es diferente –para lo bueno como “reserva espiritual de Occidente”, para lo malo como nación especialmente atrasada– o, por el contrario, en que la diferencia no existe para subrayar que no somos peores que ingleses o franceses o para indicar que, en el fondo, todos somos iguales. Que España es diferente constituye una perogrullada.   Lo es como lo son Italia, Francia o Alemania.   Que esa diferencia es, en ocasiones, para bien y, en otras, para mal, no creo tampoco que pueda discutirse. Es obvio que su trayectoria es mejor que la de, pongamos, Uganda, pero no ha sido especialmente feliz durante siglos y en estos momentos no vive sus mejores momentos. Lo mismo sucede no con sus hijas hispanoamericanas – como algunos gustan de decir – si no con sus hermanas de Iberoamérica, todas ellas hijas de la España de la Contrarreforma.  Negar la diferencia de resultados – no pocas veces trágica – atribuyéndola a una supuesta “hispanofobia” no pasa de ser una majadería colosal fruto de una ceguera propia de la ignorancia y el prejuicio. A lo largo de este artículo y de los siguientes intentaré mostrar que España y sus hermanas de Hispanoamérica son diferentes fundamentalmente por su mentalidad; que no son únicas en esa mentalidad ya que comparten muchos aspectos de la misma con otras naciones que han tenido desarrollos históricos con interesantes –y previsibles– paralelos y que, en tercer lugar, esa mentalidad deriva de un hecho tan esencial como la cosmovisión que cristaliza en España de manera innegable en un período que va de la Expulsión de los judíos en 1492 a los primeros autos de fe con quemas de protestantes ya en el siglo siguiente, período que coincide con la conquista de las Indias.

En ese período, los gobernantes españoles optaron por una posición clara y definida y eso influiría enormemente no sólo en el terreno religioso – como cabría esperar – sino en la conformación de una mentalidad concreta que ha llegado hasta el día de hoy y que ha ido modelando incluso el pensamiento de la izquierda.

En relación con la Reforma protestante del siglo XVI, no voy a entrar en cuestiones históricas que ya he tratado, por ejemplo, en obras anteriores como El Caso Lutero, una obra que ganó el Premio de ensayo Finis Terrae, o El legado de la Reforma. Tampoco me voy a adentrar en la descripción de posiciones doctrinales que –en mi opinión– son ajenas a este tema. Pero sí intentaré mostrar cómo el hecho de que España y su imperio –como Italia, como Portugal, como Irlanda, como Grecia…– quedaran fuera del cambio de mentalidad que significó la Reforma protestante tuvo enormes consecuencias que trascendieron del fenómeno religioso y modelaron la sociedad, la economía y la política.

En términos meramente históricos y religiosos, la Reforma del siglo XVI significó un deseo decidido, ferviente y entusiasta de regresar a la cosmovisión de la Biblia, una cosmovisión diferente de la que presentaba el catolicismo romano que, al menos desde el siglo IV, había ido sumando otros elementos procedentes del derecho romano, la filosofía griega y las culturas germánicas. La Reforma –como el Renacimiento– intentó pasar por alto la Edad Media y regresar a lo que consideraba una pureza primigenia corrompida desde hacía siglos. Como en el caso del Renacimiento, lo que logró no fue un regreso – imposible, por otra parte – a la Edad Antigua sino algo distinto, pero con un enorme poder de atracción y de sugestión. De entrada, su visión del trabajo, a la que me referiré en esta entrega, no pudo verse más alterada.

Ya Eusebio, en el siglo IV, escribía: “Dos formas de vida fueron dadas por la ley de Cristo a su iglesia. Una es sobrenatural y sobrepasa la forma de vida común… Completa y permanentemente se separa de la vida común y ordinaria de la humanidad, y se dedica al servicio de Dios solo… Esa es la forma perfecta de vida cristiana. Y la otra, más humilde, más humana, permite a los hombres… dedicarse a la agricultura, al comercio, y a otros intereses más seculares al igual que a la religión… Y una especie de piedad de segunda clase se les atribuye”. Esa diferenciación entre trabajos más o menos santos se fue fortaleciendo a lo largo de la Edad Media con aportes como pudo ser la visión de una sociedad esclavista como la romana o la caballeresca y militar de los pueblos germánicos. Desde luego, a inicios del siglo XVI, nadie habría discutido que había trabajos más dignos y menos dignos; que ciertas ocupaciones no eran propias de los señores o simplemente de gente que se preciara e incluso que el trabajo era, a fin de cuentas, un castigo impuesto por Dios a nuestros primeros padres por su caída en el huerto del Edén. La Reforma, sin embargo, implicó una visión radicalmente distinta del trabajo.

De entrada, el regreso a la Biblia permitió descubrir –¡más de un milenio para darse cuenta!– que Adán ya había recibido de Dios la misión de trabajar antes de la Caída y que esa labor consistía en algo tan teóricamente servil como labrar la tierra y guardarla (Génesis 2: 15).  Aquel sencillo descubrimiento cambiaría la Historia de Occidente –y con ella la de la Humanidad– de manera radical. Lutero, por ejemplo, pudo escribir:

“Cuando un ama de casa cocina y limpia y realiza otras tareas domésticas, porque ése es el mandato de Dios, incluso tan pequeño trabajo debe ser alabado como un servicio a Dios que sobrepasa en mucho la santidad y el ascetismo de todos los monjes y monjas”.

En su Comentario a Génesis 13: 13, el alemán señalaría en relación con las tareas de la casa que “no tienen apariencia de santidad, y, sin embargo, esas obras relacionadas con las tareas domésticas son más deseables que todas las obras de todos los monjes y monjas… De manera similar, los trabajos seculares son una adoración de Dios y una obediencia que complace a Dios”.

Igualmente en su Exposición del Salmo 128: 2 añadiría: “Vuestro trabajo es un asunto muy sagrado. Dios se deleita en él y a través de él desea conceder Su bendición sobre vosotros”.

Calvino –al que se suele asociar un tanto exagerada e inexactamente con la denominada ética protestante del trabajo– fue también muy claro al respecto. En su Comentario a Lucas 10: 38 señaló:

“Es un error el afirmar que aquellos que huyen de los asuntos del mundo y se dedican a la contemplación están llevando una vida angélica… Sabemos que los hombres fueron creados para ocuparse con el trabajo y que ningún sacrificio agrada más a Dios que el que cada uno se ocupe de su vocación y estudios para vivir bien a favor del bien común”.

Los reformadores menos conocidos no fueron menos explícitos que Lutero y Calvino en su rehabilitación de trabajos considerados como punto menos que infames en la Europa de la Contrarreforma. William Tyndale –que tradujo el Nuevo Testamento del griego original al inglés y pagó ese atrevimiento con la muerte en la hoguera por orden del rey Enrique VIII– escribió:

“existe una diferencia entre lavar platos y predicar la Palabra de Dios, pero en lo que se refiere a complacer a Dios, no existe ninguna en absoluto”.

William Perkins, uno de los teólogos puritanos más relevantes, señalaría a su vez:

“La acción de un pastor que guarda las ovejas… es tan buena obra ante Dios como la acción de un juez que dicta sentencia, o un magistrado que gobierna o un ministro que predica”. Tal y como afirmaría también Perkins, la gente puede servir a Dios “en cualquier clase de vocación, aunque sea barrer la casa o guardar ganado”.

Otro puritano, Richard Steele, en un texto llamado de manera bien significativa The Trademan´s Calling (La vocación del comerciante), afirmó que en el comercio “se puede esperar de la manera más confiada la presencia y la bendición de Dios”, pero sobre el comercio en concreto regresaremos en otra entrega futura de esta serie.

Para los autores protestantes, la base para llegar a esa conclusión no estaba sólo en los textos de la Biblia en general, sino, de manera muy especial, en el propio Jesús. Hugh Latimer, por ejemplo, señaló:

“Es una cosa maravillosa que el Salvador del mundo, y el Rey sobre todos los otros reyes, no se avergonzara de trabajar, sí, y de emplearse en una ocupación tan sencilla. De esa manera, santificó todas las formas de trabajo”.

John Dod y Robert Cleaver volverían a ese tema afirmando que “el gran y reverendo Dios no despreció el comercio honrado… por humilde que fuera, sino que lo coronó con su bendición”.

Desde luego, la línea estaba claramente definida y era uniforme en cualquiera de las iglesias nacidas de la Reforma. Como señalaría un panfleto publicado a finales del siglo XVII en Inglaterra con el revelador título de Paul the Tentmaker (Pablo, el fabricante de tiendas), el protestantismo había impulsado un “deleite en los empleos seculares”.

Semejante visión brillaría por su ausencia en aquellas partes del mundo donde no triunfó la Reforma. En España, por ejemplo, en 1492 se había expulsado a unos judíos que tenían una visión del trabajo idéntica a la de los protestantes e, iniciado el siglo XVI, éstos tendrían que optar entre la hoguera o el exilio.  No deja de ser bien significativo que en los legajos relativos al proceso de Cristóbal Colón derivado de las denuncias de sus subordinados, todos ellos coincidieran en una acusación airada contra el almirante.  No sólo es que Colón practicar el nepotismo o fuera despótico al dar órdenes.  Lo peor de todo es que pretendía que los españoles llegados a la Indias trabajaran y como éstos señalaban de manera harto reveladora, para trabajar no hubieran abandonado a España, rumbo a las Indias.  Su meta – como dejaron expresado los cronistas de Indias – era, fundamentalmente, el oro y la gloria, pero no alzar una nueva sociedad y menos alzarla mediante el trabajo propio.  La tarea de trabajar quedaba limitada a los indios sometidos a la esclavitud apenas encubierta de las encomiendas o a los esclavos negros traídos de África ante la decepcionante constatación de que los indios no soportaban el ritmo de trabajo que les imponían sus amos españoles.  Se mire como se mire, esa manera de ver el trabajo era radicalmente opuesta a la de los protestantes llegados al norte del continente en busca de libertad de conciencia y de un lugar que labrar con sus propias manos.

Ciertamente, la visión del trabajo de los motejados como herejes era clara desde el principio y nada se parecía a la católica. Así, mientras se ventilaba la supervivencia de España como primera potencia de Europa, la nación siguió uncida a la idea de lo intolerable e infames que podían ser ciertos trabajos. Sus adversarios protestantes –que debieron dar gracias al Altísimo por ello– tenían un punto de vista muy diferente y, a pesar de tratarse, en general, de naciones más pobres y pequeñas, como Inglaterra y Holanda, el resultado no pudo serles más favorable. Mientras Velázquez pintaba figuras regias y religiosas y se tomaba un respiro con bufones y tontos, el protestante Rembrandt retrataba escenas bíblicas y también pañeros (sí, pañeros) o a los médicos en medio de una lección de anatomía. Eran dos cosmovisiones bien distintas y no deja de ser revelador que la vencedora fuera la nación pequeña de Rembrandt con menos hidalgos quizá, pero más entusiasmo por el comercio y el trabajo manual.

Sin embargo, ni siquiera las derrotas españolas y la pérdida de la hegemonía en Europa provocaron un cambio de mentalidad con respecto al trabajo. En fecha tan tardía –los protestantes llevaban ya más de dos siglos y medio de ventaja en la idea de impulsar la bondad de cualquier trabajo– como el 18 de marzo de 1783, Carlos III, rey de España y de las Indias, mediante una Real Cédula intentó acabar con la “deshonra legal del trabajo”. En otras palabras, como habían pretendido Lutero, Calvino o los puritanos, Carlos III señalaba que ningún trabajo honrado era deshonroso. El intento del monarca ilustrado era excelente, pero chocaba con una mentalidad arraigada a lo largo de siglos. No es que los españoles fueran vagos como se suele repetir injustamente –y, al respecto, basta con ver el resultado que dan fuera de España– pero no creían que el trabajo tuviera el mismo valor que le dan aquellos que nacieron y crecieron en naciones donde triunfó la Reforma protestante.  De sus hermanos hispanoamericanos podría decirse lo mismo.

Esa mentalidad sigue más que presente a día de hoy. Hasta qué punto es así puede quedar ilustrada por dos anécdotas que, a mi juicio, resultan notablemente significativas. La primera es uno de los énfasis fundacionales del Opus Dei que subraya, con matices, la posibilidad de santificación en cualquier ocupación. Semejante circunstancia se ha señalado en repetidas ocasiones como una señal de que san José María Escrivá de Balaguer fue un avanzado a su tiempo. Quizá lo fuera en el mundo católico, pero lo cierto es que la novedad llevaban viviéndola en el mundo protestante desde hacía ya casi medio milenio. En otras palabras, quizá el bosquimano que, por primera vez, utilizó un encendedor pueda ser considerado por sus congéneres como un avanzado, pero, en relación con Occidente, es dudoso que se le pueda calificar de esa manera. La segunda anécdota quizá resulte incluso más reveladora. En los años sesenta del siglo pasado, Alfonso Paso era, con todos los merecimientos, el dramaturgo español de más éxito. Llegó a ver representadas a la vez hasta ocho obras en diferentes teatros de Madrid. Tanta era su fama que, de manera excepcional, se le abrió la posibilidad de estrenar en Broadway. Paso escogió para tan notable éxito una comedia titulada El canto de la cigarra. La obra era muy buena y había disfrutado de una gran acogida en España, pero en Estados Unidos fracasó estrepitosamente tan sólo por que los norteamericanos no la comprendían. ¿Razón? La comedia glorificaba la figura de un vago simpático y los norteamericanos no llegaban a captar quién podía ver como algo divertido la holganza.  A día de hoy, ellos –como los británicos, los suecos o los holandeses– tampoco consiguen entender, por ejemplo, por qué en España se paga un plus de puntualidad por llegar al trabajo a la hora. Los pobres nórdicos no aciertan, por lo visto, a darse cuenta de que, a diferencia de ellos, España y su imperio americano nunca asimilaron lo que Weber denominó la “ética protestante del trabajo”. En eso, España e Hispanoamérica fueron y siguen siendo diferentes.

(CONTINUARÁ)

“Las opiniones aquí publicadas son responsabilidad absoluta de su autor”

 

César Vidal Manzanares es un abogado, periodista y escritor español, autor de numerosas obras de divulgación de diversa índole, artículos, ensayos y novelas históricas. Director del Interamerican Institute for Democracy.

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