LA ESTUPIDEZ ES INMORAL o el gran error del impeachment contra Trump.

LA ESTUPIDEZ ES INMORAL o el gran error del impeachment contra Trump.

La estupidez siempre acaba siendo inmoral porque tiene pésimas consecuencias sobre inocentes e incluso sobre la causa que se pretende impulsar. El procedimiento de impeachment contra Trump tiene prácticamente una nula posibilidad de salir adelante. El argumento de los demócratas resulta jurídica y fácticamente muy débil. Esa incapacidad para aceptar la derrota arrastró al partido demócrata al absurdo del denominado Russiagate. Nancy Pelosi no ha sabido, no ha podido o no ha querido resistir las presiones del sector socialista y ha decidido ir hacia un procedimiento de impeachment que es prácticamente imposible de ganar. Al fin y a la postre, las próximas elecciones serán determinadas por algo tan prosaico y necesario como la economía. Si Trump consigue mantener las cifras de crecimiento y de empleo – realmente excepcionales – pasará ocho años en la Casa blanca. En uno o en otro caso, la maniobra del impeachmente se revela como una acción estúpida y como toda estupidez, inmoral.  En el pecado, es de esperar, este partido demócrata se puede llevar la penitencia.

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LA ESTUPIDEZ ES INMORAL
o el gran error del impeachment contra Trump

César Vidal

Hace ya mucho tiempo que llegué a la conclusión de que la estupidez es siempre inmoral.  Entendámonos.  Se puede incurrir en la estupidez, en el error, en el disparate impulsado por las intenciones más nobles e incluso por los ideales más elevados, pero, al fin y a la postre, la estupidez siempre acaba siendo inmoral porque tiene pésimas consecuencias sobre inocentes e incluso sobre la causa que se pretende impulsar.   En contraposición, el análisis frío y aséptico, por muy antipático que resulte en sus conclusiones, siempre conserva una sana ración de moralidad siquiera porque nos muestra cómo evitar conductas que pueden resultar altamente perjudiciales no sólo para intereses particulares sino para el bien común.  He recordado todo esto al analizar el reciente anuncio de la demócrata Nancy Pelosi en relación con el inicio de las investigaciones que deberían derivar en el impeachment contra Donald Trump.

Este interesante paso ha sido dado justo al poco de que fracasara la denominada trama rusa – el Russiagate – y después de que saliera a la luz, de manera más explícita porque el dato viene de años, que Joe Biden, el candidato más relevante del partido demócrata para la presidencia, había logrado la destitución del fiscal general de Ucrania que – ¡oh casualidad, casualidad! – estaba investigando la presunta corrupción de Hunter Biden, el hijo de Joe Biden, en este país del este de Europa caracterizado por una corrupción verdaderamente astronómica.

Si hemos de analizar la cuestión desde una perspectiva meramente funcional, resulta obligado señalar que el procedimiento de impeachment contra Trump tiene prácticamente una nula posibilidad de salir adelante.  De hecho, el artículo I, sección 3 de la constitución de Estados Unidos exige para lograr el impeachment o destitución presidencial contar con los dos tercios del senado que hoy en día serían 67 votos de entre los 100 senadores.

Hagan ustedes las cuentas por si mismos y verán que no los engaño.  Incluso en el caso, nada seguro por otra parte, de que los 45 senadores demócratas fueran a votar en contra de Trump, a ellos tendrían que unirse 22 senadores del partido republicano y 2 senadores independientes para lograr ese objetivo.  ¿Lo ven ustedes posible?  No sólo eso.  Doce senadores demócratas ya han señalado que no votarán a favor del impeachment de Trump lo que, aparte de indicar su sentido común, significa que el número de republicanos – e independientes – que debería votar contra Trump tendría que aumentar hasta treinta y cuatro.  ¿Les parece verosímil?

Precisamente cuando se analizan datos tan sencillos y evidentes que apuntan a la imposibilidad casi absoluta del fracaso de la iniciativa llama más la atención que Nancy Pelosi no llevara a cabo una votación previa a la decisión de impulsar el impeachment, que no identificara un solo delito que, presuntamente, hubiera cometido Trump e incluso que no esperara a leer la transcripción de la conversación entre Trump y el presidente ucraniano Zelensky que, por cierto, obliga a descartar de plano las tesis del partido demócrata.

A decir verdad, la conducta de Pelosi contrasta seriamente con la que mantuvo en su día su homólogo, el republicano Newt Gingrich, que esperó cuatro años de investigación para iniciar el procedimiento de impeachment contra Clinton, procedimiento que discurría sobre base muchísimo más sólidas que el de Trump y que, sin embargo, fracasó.

Todo parece indicar que el crimen con que los demócratas acusarán a Trump será el 50 USC 30121, un tipo situado bajo el epígrafe de “Contribuciones y Donaciones por nacionales extranjeros” donde se señala que un extranjero no puede donar o contribuir con dinero o “una cosa de valor” a una elección federal o estatal ni tampoco un norteamericano puede “solicitar” esa “contribución o donación” a un extranjero.

Desde esta perspectiva, al supuestamente pedir Donald Trump al presidente ucraniano Zelensky que investigara por corrupción a Joe Biden y a su hijo Hunter habría solicitado ayuda para la campaña electoral de 2020 en violación del 50 USC 30121 y cometido un abuso de poder.

El argumento de los demócratas resulta jurídica y fácticamente muy débil ya que implica, por ejemplo, que la “cosa de valor” sería la investigación que, dicho sea de paso, sería legalmente legítima ya que estaría relacionada con una presunta acción criminal de ciudadanos norteamericanos.

De hecho, el que, en su día, Bill Clinton mintiera sobre sus relaciones sexuales con Monica Lewinsky no tenía ninguna finalidad legítima ya que sólo pretendía salvar su carrera por razones políticas.  Sin embargo, si Trump hubiera pedido la investigación de las acciones de los Biden – algo que, como veremos, dista mucho de poderse establecer – tendría respaldo legal para hacerlo ya que Ucrania recibe ayudas millonarias de Estados Unidos y no es lícito que el dinero de los contribuyentes vaya a parar a los bolsillos de corruptos ucranianos.  A decir verdad, el artículo II de la constitución faculta a Trump, como jefe del poder ejecutivo, para impulsar ese tipo de acciones.

De hecho, como informó en su día Peter Schweizer en su más que interesante libro Secret Empires, Hunter Biden, hijo del entonces vicepresidente Joe Biden, aceptó un empleó por el que ganaba cincuenta mil dólares al mes por ser consultor de Burisma Holdings, una compañía ucraniana de gas natural.

Se mire como se mire, resulta absolutamente innegable que el que en esos momentos el entonces vicepresidente Joe Biden estuviera a cargo de la investigación sobre la corrupción en Ucrania incluida la compañía en que su hijo trabajaba creaba un innegable conflicto de intereses, conflicto de intereses que era obligatorio evitar.

Ese conflicto de intereses quedaba aún más de manifiesto cuando se tiene en cuenta que Hunter Biden no tenía la menor competencia profesional para desempeñar tan lucrativo trabajo.  Quizá los ucranianos descubrieron una perla oculta de sabiduría energética en su interior, pero cuesta trabajo no pensar que el puesto era un pago para conciliarse con las acciones de Joe Biden y más en una nación como Ucrania donde, como ha testificado algún político, hasta existen cantidades concretas estipuladas para sobornar a los miembros de su parlamento o Duma a la hora de dar el voto.

A decir verdad, el conflicto intereses resultaba tan evidente que llevó al hijastro de John Kerry, Chris Heinz, a concluir su relación de asociación de negocios con Hunter Biden.  Heinz, pese a no tener cargos públicos, dejó de manifiesto que tenía una mayor sensibilidad en este tema que el vicepresidente Biden.

Por si todo lo anterior fuera poco, en el curso de su intervención grabada en video en el curso de un panel celebrado en enero de 2018 en el Consejo de relaciones exteriores, Joe Biden se jactó – da la sensación de estar encantado de haberse conocido – de que había conseguido que el fiscal ucraniano Viktor Shokin fuera destituido.  El fiscal, dicho sea de paso, investigaba la empresa que tan bien pagaba a Hunter Biden y la destitución la logró Biden bloqueando mil millones de dólares que Estados Unidos iba a entregar a Ucrania en concepto de ayuda.

A estas alturas del relato, a nadie le extrañara que el destituido fiscal ucraniano Viktor Shokin haya firmado una declaración jurada para un procedimiento legal que actualmente se sigue en Austria en que asegura que Joe Biden logró que lo destituyeran porque estaba dirigiendo una “amplia” investigación sobre la empresa Burisma a cuyo consejo de administración pertenecía Hunter Biden.

Lamentablemente, los indicios de corrupción de los Biden no se circunscriben a la corruptísima Ucrania.  De hecho, uno de los capítulos más interesantes se relaciona con tratos con China llevados a cabo por Joe Biden y su hijo Hunter.  En ese caso concreto, estaríamos hablando de una cifra que supera los mil quinientos millones de dólares.

Con estos datos presentes, resulta obvio que, en el caso de impeachment contra Trump, el fiscal tendría que probar que Joe Biden y su hijo Hunter no actuaron de manera corrupta ya que, de haberlo hecho, y existen poderosos indicios al respecto, cualquier movimiento de Trump para avanzar en su enjuiciamiento sería legalmente legítimo e incluso obligado.  Con todo, el caso no acaba aquí.

Debe señalarse – y es otra de las circunstancias que convierte la iniciativa de Pelosi en un peligroso disparate – que la transcripción de la llamada sostenida entre Trump y Zelensky muestra que no que Trump solicitara ayuda para su campaña sino que Zelensky sacó el tema de la necesidad de limpiar la corrupción y que Trump respondió al mismo no mencionando a los Biden sino a CrowdStrike, la empresa que sirvió de apoyatura al Russiagate y que luego se ha descubierto que estaba en manos de nacionalistas ucranianos.

Es precisamente, al mencionarse CrowdStrike, cuando Zelensky señala que sabe que Rudolf Giuliani, el abogado personal de Trump, está investigando las presiones de Biden para que destituyeran a Shokin.  Sólo entonces Trump dice: “escuché que tuvisteis un fiscal … Biden se iba jactando de que había detenido la investigación, de manera que si puedes mirarlo.  Me suena horrible”.  Momento en que Zelensky asegura a Trump que todas las investigaciones se harán de manera “abierta y sincera”.  Por más vueltas que se de a la transcripción ni Trump aborda el tema ni mucho menos condiciona la investigación sobre Biden a la entrega de ayuda.  A decir verdad, Zelensky ya ha declarado públicamente que no se sintió en ningún momento presionado por Trump y, de hecho, las referencias a la ayuda de Estados Unidos no se mencionaron en ese momento de la conversación sino a su inicio.

Se mire como se mire, la iniciativa para comenzar un proceso de impeachment contra Donald Trump parece totalmente descabellada desde una perspectiva legal y fáctica, pero, sin duda, ha de tener motivos.  Permítaseme que sugiera varios.

Entre los motivos, muy posiblemente, se encuentra la incapacidad de buena parte de los demócratas para metabolizar la derrota de Hillary Clinton, derrota que anunció en septiembre de ese año quien escribe estas líneas, pero que parecía totalmente imposible a juzgar por lo que contaba la inmensa mayoría de los medios de comunicación.  Dicho sea de paso, constituye una razón bien poderosa para someter a un análisis crítico lo que propalan los medios.

Esa incapacidad para aceptar la derrota arrastró al partido demócrata al absurdo del denominado Russiagate que concluyó con que Trump nunca recibió ni pactó ayuda de agentes rusos para ganar las elecciones y que además ha terminado por sacar a la luz la poca ejemplar conducta de algunos funcionarios y el hecho de que la compañía que proporcionó los datos es propiedad de dos nacionalistas ucranianos más que interesados, por supuesto, en agriar las relaciones entre Estados Unidos y Rusia.  A partir de esa situación, un sector del partido demócrata – muchos de ellos ya desengañados con anterioridad – llegó a la conclusión de que la vía del impeachment era absurda por lo que llama todavía más la atención el movimiento de Pelosi y la manera en que lo ha realizado.

En el caso del impeachment hay dos razones más de enorme gravedad.  La primera es el más que posible deseo de evitar que se pueda abrir una investigación sobre Joe Biden cuya presunta corrupción, ya denunciada previamente, colocaría toda la era Obama bajo la peor de las luces. El hecho de que Biden fuera en ese entonces – que no en los últimos días – el mejor situado para obtener la nominación demócrata a la carrera presidencial añadía gravedad al asunto.  No sólo Trump podría competir con alguien de menos peso que Biden – y ganar las elecciones – sino que además toda la propaganda de la era Obama podría venirse abajo como un castillo de naipes.

La segunda razón es mucho más importante y, desde el punto de vista del autor de estas líneas, es decisiva.  Me refiero a la gravísima escoración del partido demócrata hacia posiciones socialistas.  Con un ala derecha, los blue dogs, que recuerdan mucho lo que ha sido el partido demócrata en otras décadas y un ala izquierda en la que destacan personajes como Bernie Sanders o las cuatro mujeres de la Squad, el centro del partido demócrata se ha demostrado vez tras vez incapaz de mantener el equilibrio, recuperar las posiciones históricas del partido fundado por Jefferson y eludir la amenaza socialista.  Finalmente, Nancy Pelosi no ha sabido, no ha podido o no ha querido resistir las presiones del sector socialista y ha decidido ir hacia un procedimiento de impeachment que es prácticamente imposible de ganar, pero que, por añadidura, contiene enormes peligros.

Por ejemplo, la apertura de la investigación implica un riesgo cierto de que se lleve a cabo una investigación directa de las actividades no sólo de Joe y Hunter Biden sino también de Hillary Clinton en cuestiones como el episodio lamentable de Benghazi y del propio Obama.  Intentando evitar, pues, que se descubra la presunta corrupción del vicepresidente toda la era Obama puede verse sometida a la luz pública como nunca lo fue.  Quizá haya quien piense que, aunque el impeachment fracase, la figura de Trump se verá tan embarrada que disminuirán sus probabilidades de victoria.  Quizá, pero la Historia muestra que Clinton que pasó por tan amargo trance salió, reveladoramente, beneficiado.  Al fin y a la postre, las próximas elecciones serán determinadas por algo tan prosaico y necesario como la economía.  Si Trump consigue mantener las cifras de crecimiento y de empleo – realmente excepcionales – pasará ocho años en la Casa blanca.  Si la crisis económica le estalla en las manos, podemos llegar a ver cosas prodigiosas.  En uno o en otro caso, la maniobra del impeachmente se revela como una acción estúpida y como toda estupidez, inmoral.  En el pecado, es de esperar, este partido demócrata se puede llevar la penitencia.

“Las opiniones aqui publicadas son responsabilidad absoluta de su autor”

César Vidal es Doctor en Historia – premio extraordinario de fin de carrera – Doctor en Derecho – cum laude – Doctor en Filosofía y Doctor en Teología.  Ha sido galardonado por distintas organizaciones por su defensa de los derechos humanos.  Su obra literaria – que cuenta con más de un centenar de libros publicados y ha sido traducida a media docena de lenguas – ha recibido más de una docena de premios de biografía, ensayo y novela.  Colaborador en distintos medios de comunicación en Europa y América, en la actualidad, su programa de radio La Voz es escuchado diariamente por seiscientas mil personas y cuenta con más de un millón doscientas mil descargas mensuales en las redes sociales.

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