
Por: Beatrice E. Rangel - 16/06/2026
Si algo ha caracterizado esta primera ronda de competencias de la Copa Mundial ha sido el desafío planteado por equipos emergentes a las potencias tradicionales del fútbol. Este fenómeno revela la presencia de procesos globales que están transformando todas las dimensiones de la actividad humana.
La racha comenzó en Los Ángeles con el triunfo de Estados Unidos sobre Paraguay, uno de los equipos más sólidos de Sudamérica y participante habitual en las Copas Mundiales desde 1930. El relativamente joven equipo estadounidense, cuya participación regular en los mundiales apenas comenzó a consolidarse a partir de 1994, anotó cuatro goles frente a un Paraguay que solo logró marcar uno.
Le siguió el sorprendente empate de Marruecos frente a Brasil, selección ganadora de cinco Copas del Mundo, incapaz de imponer su tradicional superioridad. Entre los equipos europeos, solo Alemania mantuvo intacta su reputación de eficacia al derrotar a Curazao por un contundente marcador de 7-1. Holanda no logró imponerse a Japón; Ecuador cayó ante Costa de Marfil; y Suecia sucumbió frente a Túnez. Mientras tanto, Bélgica, España y Uruguay terminaron empatando con Egipto, Cabo Verde y Arabia Saudita, respectivamente.
Estos resultados parciales son indicadores de procesos más profundos que la humanidad ha impulsado exitosamente durante las últimas décadas y que, pese a las críticas y resistencias actuales, difícilmente podrán revertirse.
El primero de ellos es la globalización: un proceso mediante el cual la economía mundial, impulsada por la innovación, el comercio y la circulación del conocimiento, ha permitido que países antes periféricos desarrollen capacidades competitivas que les permiten desafiar a los actores tradicionales. Gracias a este fenómeno, regiones enteras han podido integrarse a las cadenas globales de valor, elevar sus niveles educativos y fortalecer sus instituciones deportivas, tecnológicas y económicas.
El segundo proceso es la inmigración. También objeto de cuestionamientos y demonizaciones en muchos países, la movilidad humana ha sido una de las grandes fuentes de dinamismo económico y renovación cultural. Estados Unidos, por ejemplo, ha logrado mantener una ventaja competitiva frente a otras economías avanzadas gracias, en buena medida, a los flujos migratorios que han ocupado puestos esenciales en la base de la pirámide productiva, permitiendo que sectores altamente calificados concentren sus esfuerzos en la innovación y el desarrollo tecnológico.
Pero las contribuciones de la globalización y la inmigración no se limitan al ámbito económico. Su impacto cultural ha sido igualmente profundo. Basta observar la evolución del arte cinético. Sus antecedentes pueden rastrearse hasta los impresionistas franceses, quienes intentaron capturar el movimiento de la naturaleza en sus lienzos. Sin embargo, alcanzó su máxima expresión en el siglo XX con figuras como Alexander Calder y encontró extraordinarios exponentes en América Latina, entre ellos Jesús Soto, Carlos Cruz-Diez, Julio Le Parc, Gyula Kosice y Joaquín Torres-García. La creatividad, como el talento deportivo, florece cuando las ideas y las personas circulan libremente.
Todos estos procesos se reflejan claramente en la composición de las cuarenta y ocho selecciones que participan en la Copa Mundial de 2026. El equipo estadounidense cuenta con la dirección técnica del argentino Mauricio Pochettino, ejemplo de cómo el conocimiento deportivo trasciende fronteras. Argentina es, de hecho, el país que más entrenadores ha exportado a esta Copa Mundial, con seis directores técnicos al frente de distintas selecciones. Le siguen Francia, con cinco, y España, con cuatro. En total, veintiséis de los cuarenta y ocho equipos participantes están dirigidos por entrenadores extranjeros.
La propia fisonomía de muchos jugadores refleja también las nuevas realidades del mestizaje global. Un ejemplo emblemático es el arquero japonés Zion Suzuki, cuya herencia multicultural simboliza la creciente diversidad de una sociedad que históricamente se ha caracterizado por su homogeneidad y por su cautela frente a la inmigración.
En síntesis, la Copa Mundial de 2026 ofrece una ventana privilegiada para observar las transformaciones de nuestro tiempo. Lo que vemos en los estadios es un reflejo de cambios mucho más amplios que están redefiniendo las economías, las culturas y las sociedades del planeta. La globalización, la inmigración y la circulación del conocimiento continúan remodelando el mundo, generando nuevas oportunidades y alterando jerarquías que durante décadas parecían inamovibles. Como ocurre en el fútbol, las viejas potencias ya no pueden dar por sentado su predominio, y los nuevos protagonistas han llegado para competir de igual a igual
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