
Por: Hugo Marcelo Balderrama - 05/04/2026
Columnista invitado.Se suele pensar que en América Latina el catolicismo es la religión mayoritaria, pero no es cierto, ese lugar le corresponde a una religión política llamada estadolatría, la creencia en que el Estado es la fuente de toda riqueza, bienes y felicidad. El Estado benefactor es la epifanía de la estadolatría, pues allí se manifiestan las «bondades» como la salud y la educación «gratuitas».
Aunque parezca exagerado, gran parte de lo que dije arriba se encuentra en la mente del votante promedio de nuestra región. Por ende, las ofertas electorales se resumen en promesas huecas, irrealizables y económicamente inviables. Cosa que a nuestros políticos no les importa, ya que saben que ganará quien sea más demagogo. Uno dirá: «Yo ofrezco subir el presupuesto de educación en 35%». Al segundo, otro aparece gritando: «Yo lo subiré en 70%, además, regalaré mochilas y meriendas». Inmediatamente, salta a escena un tercero con, eureka, la oferta de duplicar el gasto en educación y llenar el país de empresas estatales. Después de todo, los malos políticos existen porque también existen los malos electores.
¿Cuál es la génesis de toda esta creencia tan perniciosa?
El Estado de Bienestar salió de la mente de Otto von Bismarck, canciller alemán de la segunda mitad del Siglo XIX. El objetivo era convertir a los alemanes en dependientes del Estado, pues, en sus propias palabras: «Es muy conveniente tener a millones de rentistas estatales que estén dispuestos a ir a la guerra por defender sus fuentes de ingresos».
Instaurar el Estado de Bienestar requirió, todavía lo requiere, con terminar con todas las instituciones privadas, que van desde las empresas hasta las asociaciones voluntarias de socorro y apoyo. Ese fue el camino para imponer el régimen militarista que luego fue usado por Adolfo Hitler para someter a los alemanes a su tiranía. El historiador Götz Aly explica que Hitler, literalmente, sobornó a su pueblo.
El Estado de bienestar sirvió como instrumento de dominio del imperialismo de Bismarck, luego debilitó la democracia con pies de paja de Weimar, finalmente fue el mecanismo de soborno del totalitarismo genocida de Hitler. Es por eso, que Ludwig Erhard, arquitecto del milagro económico alemán de la posguerra, se opuso a que su patria volviera a caer en ese esquema, sus palabras fueron:
El resultado de esta peligrosa ruta hacia el Estado de bienestar será la creciente socialización del ingreso, la mayor centralización de la planificación y el extenso tutelaje sobre el individuo con una cada vez mayor dependencia del Estado. Al final, tendremos un Estado todopoderoso y parálisis en la economía. El Estado de bienestar, según toda la experiencia existente, significa todo menos bienestar y terminará repartiendo miseria para todos.
Eso fue justamente lo que ocurrió en América Latina con el experimento del Socialismo del Siglo XXI desde finales de los 90. Evo Morales, Hugo Chávez y Fidel Castro usaron la trampa de un Estado paternalista para comprar la consciencia de sus pueblos y convencer a sus seguidores de lo «malvados» que son quienes los cuestionan. Asimismo, como siempre sucede en estos experimentos, la economía colapsó y arrasó con ella a los servicios, mercancías y capitales.
No obstante, sin llegar a los extremos criminales del castrismo y sus satélites, en gran parte de Occidente se ha instaurado ese parásito. De hecho, desde los años 50, el Gasto Público ha crecido en un 60%; sin embargo, los servicios de salud y educación son, cada vez, de peor calidad.
Acá aparece otro interrogante: ¿Quién se ocuparía de los más necesitados sin un Estado benefactor?
Durante siglos, la caridad fue privada, en Estados Unidos todavía existe un alto porcentaje. Los primeros cristianos crearon hospitales, casas de ancianos y orfanatos. Incluso, al día de hoy, la iglesia católica es la institución con la mayor cantidad de organizaciones de apoyo humanitario en el mundo. Otro caso, las jubilaciones, mejor dicho, los fondos de capitalización individual, son invento de la iglesia presbiteriana de Escocia en Siglo XVI.
El parásito del Estado de Bienestar ha destrozado las relaciones personales para reemplazarlas por las frías garras de la burocracia. Además, contrariamente, a las narrativas de sus panegiristas, no ha liberado a los pobres de sus miserias, sino que los ha hecho dependientes de las migajas estatales.
A modo de cierre, análogamente, a la distopía de Aldous Huxley, el Estado benefactor es el soma que nubla la razón de los ciudadanos.
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