Cuando el miedo gobierna

Rodrigo Arboleda

Por: Rodrigo Arboleda - 10/08/2026


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Lo que Leonardo Padura nos enseña sobre el poder, el miedo y la democracia

Hace un par de años tuve el privilegio de asistir durante el Hay Festival de Cartagena, a una de esas conversaciones que permanecen en la memoria mucho después de haber terminado. El invitado era el escritor cubano Leonardo Padura, quien hablaba sobre El hombre que amaba a los perros, su novela construida alrededor del asesinato de León Trotski a manos de Ramón Mercader, el agente estalinista que ejecutó uno de los crímenes políticos más emblemáticos del siglo XX.

Compré el libro aquel mismo día, como tantos otros de autores descubiertos en el Hay Festival. Sin embargo, por alguna razón, permaneció olvidado en mi biblioteca. Solo recientemente, aprovechando un largo viaje y las muchas horas de espera que suelen acompañarlo, decidí leerlo en mi Kindle. Al cerrar la última página comprendí que había esperado demasiado para hacerlo.

La novela reconstruye con exquisito rigor uno de los episodios más dramáticos del siglo pasado. Pero su verdadero valor trasciende la historia soviética. Padura nos obliga a mirar hacia un territorio mucho más profundo: la naturaleza del poder cuando este queda dominado por el miedo.

Con frecuencia imaginamos a los dictadores como hombres de voluntad inquebrantable, seguros de sí mismos, casi invulnerables. La lectura de Padura conduce a una conclusión muy distinta. Stalin no gobernaba desde la confianza; gobernaba desde el miedo.

Temía a Trotski. Temía a quienes habían luchado a su lado. Temía a los intelectuales. Temía a cualquier liderazgo alternativo. Temía incluso a sus colaboradores más leales.

Ese miedo terminó convirtiéndose en paranoia. Y la paranoia produjo purgas, juicios amañados, deportaciones, asesinatos y una inmensa maquinaria de terror que acabó devorando incluso a muchos de los más convencidos defensores de la revolución.

Quizá esa sea una de las intuiciones más brillantes de Padura: los tiranos no gobiernan porque no tienen miedo. Gobiernan precisamente porque viven dominados por él. Y, para protegerse, terminan convirtiendo su miedo personal en el miedo de toda una nación.

Allí reside uno de los mecanismos más perversos del autoritarismo.

Si el gobernante sospecha de todos, toda la sociedad aprende a sospechar.

Si teme la discrepancia, la discrepancia deja de ser un derecho para convertirse en un delito.

Si necesita enemigos para justificar su poder, los enemigos terminan inventándose.

Poco a poco, el miedo deja de ser una emoción individual y se convierte en la cultura política de un país.

Millones de personas abrazaron de buena fe el ideal marxista-leninista convencidas de que construirían una sociedad más justa. Sin embargo, aquella aspiración terminó secuestrada por la paranoia de un solo hombre. La revolución dejó de servir a sus principios para servir exclusivamente a la conservación del poder.

Ese, quizás, constituye el verdadero mensaje de la novela. No se trata de una obra escrita contra una ideología determinada. Se trata de una profunda reflexión sobre lo que ocurre cuando desaparecen los límites al poder y cuando el miedo reemplaza los principios que inicialmente dieron origen a un proyecto político.

Pensar que esa tragedia pertenece únicamente al siglo XX sería un error.

El culto a la personalidad, la polarización extrema, la manipulación de la información, la erosión de las instituciones y el progresivo debilitamiento de los contrapesos democráticos siguen apareciendo bajo distintas formas en numerosas regiones del mundo. América Latina tampoco ha sido inmune a esas experiencias.

Mientras avanzaba en la lectura recordé otro libro que me ha acompañado durante años: The Art of the Long View, de Peter Schwartz. Peter fue durante varios años el Director de Planeación estratégica de Royal Dutch Shell Corporation, el gigante de la industria de petróleo y gas.

Schwartz sostiene que las grandes transformaciones nunca se construyen pensando en la próxima semana ni siquiera en la siguiente elección. Se construyen durante décadas. En industrias como la petrolera pueden transcurrir veinte o veinticinco años entre las primeras exploraciones y el momento en que finalmente se sabe si una decisión fue acertada. Esa disciplina obliga a pensar en horizontes largos.

Los movimientos autoritarios parecen haber comprendido muy bien esa lógica.

No trabajan únicamente para ganar la próxima elección. Forman dirigentes. Construyen narrativas. Ocupan espacios culturales. Influyen sobre la educación. Entrenan asesinos lavándoles el cerebro para que lo hagan como autómatas. Mercader fue uno de esos. Penetran instituciones. Esperan pacientemente las circunstancias favorables.

Las democracias, en cambio, con demasiada frecuencia viven atrapadas por la inmediatez. Gobiernos de cuatro años. Encuestas semanales. Redes sociales. Crisis del día. Escándalos pasajeros.

Esa diferencia de horizonte estratégico constituye una de sus mayores debilidades.

La defensa de la democracia exige mucho más que buenos gobiernos. Exige construir una cultura democrática capaz de sobrevivir a los gobiernos.

Siempre recuerdo una anécdota atribuida a Monseñor José Joaquín Salcedo, el extraordinario fundador de Radio Sutatenza en Colombia. Siendo seminarista, leía a escondidas las obras de Marx y Engels. Esos libros estaban prohibidos por la Iglesia en aquella época, y esto le causaba grandes problemas. Él respondía con una lógica irrefutable: nadie puede combatir intelectualmente unas ideas sin conocerlas igual o mejor que su interlocutor.

Radio Sutatenza nunca pretendió adoctrinar campesinos. Buscó algo infinitamente más ambicioso: enseñarles a leer, a comprender, a pensar y a ejercer su libertad con criterio propio.

Tal vez allí se encuentre la mejor defensa de cualquier democracia. No en la censura. No en la propaganda. No en el miedo. Sino en la educación.

Las democracias no se fortalecen prohibiendo las ideas que las desafían. Se fortalecen formando ciudadanos capaces de comprenderlas, analizarlas críticamente y responder con argumentos mejores.

La educación termina siendo mucho más poderosa que cualquier aparato propagandístico. Y es mucho más barata, es decir cuesta mucho menos que la ignorancia.

Quizá por eso creo que El hombre que amaba a los perros debería leerse mucho más allá de su extraordinario valor literario y convertirlo en libro de texto en bachillerato y las universidades. No porque enseñe una determinada posición política, sino porque ayuda a comprender uno de los mecanismos más peligrosos del poder: la transformación del miedo en instrumento de dominación.

El slogan más conocido de Franklin Delano Roosevelt fue: “Tenemos que tenerle miedo es al miedo mismo”.

Después de leer a Padura, esa frase adquiere un significado aún más profundo.

Las democracias no sobreviven por inercia. Sobreviven porque generaciones enteras deciden cultivarlas, defenderlas y transmitirlas. Y esa tarea comienza, siempre, por la educación de ciudadanos libres.


«Las opiniones aquí publicadas son responsabilidad absoluta de su autor».