¿Puede volver la estabilidad autoritaria?

Por Edmundo Jarquín
Publicado el lunes 14 de mayo, 2018

La demanda que Ortega se vaya tiene legitimidad nacional e internacional. Entre más pronto, mejor, y para todos, incluso para Ortega, que aún puede negociar una salida

Hasta mediados de abril, y con la matanza que continúa, Nicaragua lucía como un paraíso de estabilidad en una región convulsa, azotada por la inseguridad ciudadana.

Pero no todos sabían que era una estabilidad autoritaria, con represión selectiva a los pocos focos de resistencia democrática. Y a los que precariamente se alzaban en armas en zonas rurales, les mataban, de modo que Nicaragua lucía el expediente de cero presos políticos.

Todo cambió. La suma de agravios contra diferentes sectores se terminó encadenando con la demanda democrática: ¡Qué se vaya Ortega!, es el clamor ciudadano. La matanza de jóvenes, estudiantes casi todos, ha articulado indignación y protesta política generalizada.

La pregunta que se hace en Nicaragua y el extranjero es sí podemos volver al modelo de estabilidad autoritaria de Ortega. No, imposible.

Más allá de coincidir con la convicción de casi la totalidad de nicaragüenses, paso a dar algunas razones: las bases de sustentación estructurales del modelo de estabilidad autoritaria, han cambiado totalmente.

La conjunción de factores que permitieron crecer económicamente durante una década, se ha alterado: el boom sincronizado en precios de exportación, ha desaparecido; ha disminuido drásticamente la cooperación venezolana; el clima de inversión, que atraviesa transversalmente todos los sectores, está seriamente lesionado; la crisis de la seguridad social, que Ortega postergó, llegó; ninguno de los megaproyectos cuajó; y Ortega, irresponsablemente, no fortaleció la capacidad fiscal, en hora de vacas gordas. Y queda un país desnudo en su precariedad primaria y pobre-exportadora, que ha basado exclusivamente su competitividad en bajos salarios.

La política de diálogo y consenso con el sector privado, en que Ortega nunca aceptó la agenda institucional-democrática del Cosep (Consejo Superior de Empresa Privada), hizo crisis con la matanza de jóvenes, y cualquier intento de recuperarla amenaza credibilidad del sector privado.

El rígido control de medios de comunicación, tolerando solamente algunos independientes, no podrá ser restablecido sin afectar el clima de inversión y otras consecuencias.

La utilización de fuerzas de choque paramilitares, con complicidad de la Policía, y que arriesga más confrontación en una escalada protesta-represión-protesta, no es compatible con el retorno a la estabilidad. Además que somete a prueba a una Policía Nacional extendida en su esfuerzo físico, y también emocional e institucional, al reprimir a su propio pueblo y no a criminales.

El modelo autoritario de Ortega hasta ahora había pasado “agachado”, fuera de los reflectores, pero ahora está en el radar de la atención internacional. La indiferencia o complicidad tácita de la comunidad internacional, se acabó. La explícita preocupación de gobiernos latinoamericanos, de la Unión Europea, y de la administración de Estados Unidos, trascendiendo al lobby hispanoamericano en el Congreso, lo revelan.

El carácter dictatorial del régimen de Ortega ha quedado visible.

Igual que esa imagen, Ortega perdió, irreversiblemente, otras batallas políticas-ideológicas.

La distinción entre sandinismo y orteguismo es definitiva. Los eslóganes que se corean en las calles de Nicaragua son de estirpe sandinista: “¡Qué se rinda tu madre!”, el epopéyico grito de Leonel Rugama, combatiendo solo contra la Guardia de Somoza, se corea en las manifestaciones contra Ortega, subrayando esa distinción.

Las palabras amor, paz, diálogo, cristianismo, humildes hijos de Dios, en boca del Gobierno, suenan hipócritas.

La juventud se sacudió la política de adormecimiento, de frivolidad, del entretenimiento, de las consignas que sustituyen convicciones, y volvió a demostrar, una vez más, que quieren heredar una Nicaragua mejor que la actual.

El Ejército de Nicaragua, hasta ahora, ha emitido un comunicado en el cual respalda el camino del diálogo, y señala que solamente resguardará “entidades y objetivos estratégicos vitales para el funcionamiento del país”. La lectura implícita es que no saldrá a reprimir, y así lo han recordado algunos exjefes del mismo. Es lo que se espera, por mandato constitucional y por legitimidad política ante la sociedad y la comunidad internacional, ya que en nuestro Código Penal existen los delitos contra el orden internacional (genocidio, lesa humanidad). Esa legitimidad la ha perdido la Policía Nacional, pero puede recuperarla si deja de reprimir, o encubrir a quienes reprimen.

La demanda que Ortega se vaya tiene legitimidad nacional e internacional. Entre más pronto, mejor, y para todos, incluso para Ortega, que aún puede negociar una salida.

Publicado por La Prensa el sábado 12 de mayo, 2018

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