Elecciones en Honduras

El 24 de noviembre de este año se realizarán elecciones presidenciales en Honduras, elecciones que la América Latina debe seguir atentamente, pues el depuesto Manuel Zelaya, quién orbita las esfera de las Dictaduras del Siglo XXI, podría regresar al poder a través de la candidatura de su esposa, Xiomara Castro.

Hace 5 años, un conflicto de poderes en Honduras llevó a la destitución del Presidente Zelaya, por decisión conjunta de la Asamblea y de la Corte Suprema.

La forma en que se materializó la deposición del presidente eclipsó el aspecto institucional de la decisión y el hecho fue percibido -ayudado por los intereses de algunos y la torpeza de otros- como un golpe de Estado, con consecuencias internacionales de peso que afectaron a Honduras.

Siete meses más tarde del episodio, se llevaron a cabo las elecciones resueltas y previstas por el gobierno de Zelaya, resutando electo Porfirio Lobo, del Partido Nacional.

El período de Lobo finaliza ya, y el 24 de noviembre de este año, Honduras concurre nuevamente a elecciones. Esas elecciones no son indiferentes para el resto de la comunidad latinoamericana, y especialmente para Centro América, ya que la posibilidad del retorno de Zelaya al poder es alta. En efecto, su esposa Xiomara Castro se presenta como candidata del Partido Libre a la presidencia de la nación, con probabilidades de ganar la contienda.

Para esas elecciones hay ocho candidaturas a presidente y simultáneamente se elegirán 128 asambleístas. Los dos partidos tradicionales, el Nacional y el Liberal, también son parte de la puja electoral, con Juan Orlando Hernández y Mauricio Villeda respectivamente, como cabezas. Considerando la elección pasada, donde la suma de ambs partidos superó el 90%, más la reaparición de Zelaya, es probable que la elección se decida entre estos tres grupos, y donde pareciera prevalecer Xiomara Castro.

La gran novedad, sin embargo, es la aparición de PAC, el Partido Anti Corrupción, nacido por iniciativa de Salvador Nasralla, un ingeniero y empresario hondureño, que desde hace varias décadas, ha hecho de la lucha contra la corrupción su bandera, con duras críticas a ambos partidos tradicionales. La gran popularidad de Nasralla, paradójicamente, se basa en su imagen televisiva, proyectada especialmente en el ámbito deportivo, principalmente en el fútbol (fue el director de prensa de la selección de Honduras en el mundial de España 1982).

Su imagen y su larga trayectoria en los medios lo sitúan como una persona intachable y con una causa con gran legitimidad.

Si las cifras confirmaran estas encuestas y percepciones, estos cuatro son los candidatos con chances -aunque disímiles- ya que los otros cuatro partidos que se presentan no implican alternativas reales. Dado el sistema electoral hondureño, que no tiene segunda vuelta electoral, la primera minoría consagrará a su candidato que, como quedó dicho, podría ser Xiomara Castro.

Pero, con toda seguridad que ese triunfo para la presidencia no le entregará la llave de la Asamblea y, por lo tanto, le cerrará el paso a su intento de reforma constitucional, como lo intentó en su momento, el depuesto presidente Zelaya. Es casi imposible que reúna la cantidad de asambleístas necesarios (88 sobre 128) para proceder a la reforma por vía del cumplimiento institucional.

Si estas predicciones se cumplen, la pregunta es qué camino tomará en caso de ser electa, ya que tendrá cerrada la vía constitucional. Una alternativa posible que no puede descartarse sería la ruptura institucional, por vía de una constituyente popular, con lo que los ideólogos del Nuevo Constitucionalismo Latinoamericana llaman la “reactivación del poder constituyente originario”. Es decir, la revolución popular que no puede ser limitada por constitución alguna“.

La actual Constitución de Honduras contiene cláusulas de las llamadas pétreas por la teoría constitucional. Es decir aquellas que determinan que ciertos aspectos de la constitución no pueden ser modificados bajo ninguna circunstancia. Cláusulas de este tipo cierran la puerta a los cambios y dejan a las generaciones futuras inermes frente a necesidades o meros deseos de modificaciones, lo cual es problemático y conducen inevitablemente a una ruptura institucional. Los cambios pueden ser dificultados, mediante mayorías especiales, sistemas complejos de reforma, o por períodos determinados, pero nunca eliminados definitivamente.

Esta falla de técnica jurídica y política de la constitución hondureña es el talón de Aquiles de las instituciones del país.