Por Agustín Laje (*)
Desde México, DF.

Nuestro sistema republicano −si es que todavía queda algo de él− está atravesando sus últimos momentos de vida. Su acta de defunción ya ha sido labrada y, paradójicamente, lleva el pomposo nombre de “democratización de la justicia”, una falacia conceptual que ya hemos analizado en otra oportunidad.

A inicios de esta semana, las promesas de Cristina Kirchner de anunciar “importantes noticias” fueron cumplidas. Se comunicó, pues, que el kirchnerismo impulsaría seis reformas en la Justicia a los fines de consolidar un sistema autocrático disfrazado de “democratización”. Y así se hizo.

Hace apenas algunas horas, el oficialismo aprobó los dictámenes de las tres principales iniciativas, que plantean modificaciones en el Consejo de la Magistratura, la creación de nuevos tribunales de Casación y la limitación de las medidas cautelares, tras apenas dos horas y media de análisis en comisión. La semana próxima se prevé obtener en el Senado media sanción para estas reformas, mientras en comisiones de Diputados se comenzarán a tratar los tres proyectos restantes.

Lo que pretende el kirchnerismo con el Consejo de la Magistratura, encargado de seleccionar y controlar a los jueces, es volver a agrandarlo, sumando seis nuevos miembros (un abogado y cinco académicos de cualquier profesión) a los trece actuales, sin adicionar ni un solo magistrado. Asimismo, las decisiones empezarían a aprobarse por simple mayoría, lo que colocaría al oficialismo en una situación inmejorable para manipular y moldear al Poder Judicial como si jugara con plastilina. Nombrar jueces adictos en forma sistemática, y echar de un puntapié en el trasero a aquellos que intenten ponerles límites o no fallen tal como el gobierno quiere, pasará a ser una realidad excitante para la presidente.

Cristina Kirchner, con este proyecto, borra con el codo lo que escribió con la mano en el año 2006, cuando oficiando de senadora dijo que el Consejo de la Magistratura era “elefantiásico” y, en consecuencia, impulsó una reforma para reducir de 20 miembros a los 13 actuales que tiene el cuerpo de marras. Por entonces nos hablaba de “equilibrios” y “contrapesos”; hoy eligió hablarnos de “democratización”. En ambos casos, ayer y hoy, el oficialismo es el único que obtiene ventajas de las reformas que impulsa, lo que confirma que todos estos proyectos políticos que el kirchnerismo presenta en sociedad con altisonantes conceptos, obedecen a la conveniencia y no a la convicción. No hay principios; hay mero pragmatismo orientado a la consolidación de una neodictadura que resulta de la destrucción del sistema republicano, como expuse hace algunos días por este mismo medio.

Quienes ganan influencia a partir de estas reformas son los partidos políticos, puesto que los jueces, abogados y académicos serán elegidos por el “voto popular”. Será muy fácil para un partido hegemónico colonizar al Poder Judicial bajo un sistema como el propuesto. ¿Qué impedirá que Cristina Kirchner conforme un “ejército de Oyarbides” si lo único que importa es la papeleta que introduce en una urna un pueblo azotado por el populismo clientelar? ¿Cómo se controlará al Ejecutivo, si éste tiene las manos libres para poner de rodillas al Judicial? Si algo nos enseñaron los grandes pensadores y filósofos de la antigüedad, como Aristóteles y Polibio, eso es que no todo puede ser resuelto en elecciones, dado que la democracia sin república no puede sobrevivir a su propia lógica. De allí la importancia de un régimen mixto.

La otra gran reforma jurídica tiene que ver con las medidas cautelares, que han sido una verdadera piedra en el zapato para el kirchnerismo en sus maniobras para destruir al Grupo Clarín. El proyecto de ley kirchnerista para regular estas medidas desnaturaliza el espíritu mismo de esta herramienta, toda vez que impone severos requisitos al solicitante de la cautelar para que la acción del Estado quede en suspenso. Los abusos contra los derechos individuales tendrían a partir de la reforma un nuevo semáforo en verde que dará libre circulación a un nuevo triunfo del autoritarismo sobre la libertad.

Los propósitos “democratizadores” son pura paparruchada, y eso ha quedado en evidencia tras conocerse las intenciones del oficialismo de dar a los proyectos un trámite exprés utilizando al Congreso como escribanía, sin dar margen a la oposición para cambios que pudiesen resultar del debate, tal como anticipó Aníbal Fernández. ¿Para qué está entonces la oposición? ¿Para jugar a ser espectadores de una decisión ya tomada e inamovible? ¿Para qué tenemos un Congreso? ¿Para jugar a ser escribanía del Ejecutivo? ¿Por qué el kirchnerismo no se abre al debate en un proyecto que, precisamente, dice perseguir la “democratización? ¿Cómo “democratizar” a libro cerrado, tal como pretende hacerse? Las respuestas a estas preguntas desmoronan el argumento democratizador, en tanto que dejan ver las verdaderas intenciones autocráticas del oficialismo.

Mientras todo marcha viento en popa para Cristina y su séquito, los jueces de la Corte Suprema de Justicia sienten como nunca el pánico que siempre le han tenido al gobierno. Y si para muestra basta un botón, el presidente de la Corte, Ricardo Lorenzetti, quien tiene una gran responsabilidad en un momento decisivo para la continuidad de la República, se negó a dar una opinión sobre las iniciativas enviadas por el Poder Ejecutivo al Congreso, que son a toda vista anticonstitucionales. Hasta el propio Papa Francisco lo ha interpelado implícitamente a través de una carta personal que se dio a conocer hace pocas horas: “Administrar Justicia es una de las más insignes tareas que el hombre puede ejercer. Ciertamente no es fácil y, a menudo, no faltan dificultades, riesgos o tentaciones. Sin embargo, no se puede perder el ánimo”, enfatizó Francisco, en clara referencia a lo que estamos viviendo actualmente los argentinos bajo un gobierno neodictatorial que busca engullirse al Poder Judicial.

Si todo sale como Cristina Kirchner espera, en no mucho más de diez días, y prácticamente con nulo debate, las reformas habrán pasado por ambas cámaras que las aprobarán como si fuesen escribanías del gobierno, y los argentinos diremos definitivamente adiós a nuestro sistema republicano, y saludaremos a una neodictadura que concentrará los tres poderes del Estado bajo su brazo.

(*) Es autor del libro Los Mitos Setentistas, y director del Centro de Estudios LIBRE.
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La Prensa Popular | Edición 190 | 11 de Abril de 2013